lunes, 31 de diciembre de 2012

El lamento de Ariadna

Teseo fue un mítico rey de Atenas, hijo de Etra y Egeo.
Según la leyenda, Atenas debía enviar un tributo al rey Minos de Creta, que consistía en el sacrificio de siete doncellas y siete jóvenes, que serían devorados por el monstruo Minotauro. Teseo se presentó voluntariamente en el tercer envío ante su padre para que le permitiera ser parte de la ofrenda y le dejara acompañar a las víctimas para poder enfrentarse al Minotauro.
Al llegar a Creta, la princesa Ariadna se enamoró de él y propuso a Teseo ayudarle a derrotar al Minotauro, a cambio de que se la llevara con él de vuelta a Atenas y la convirtiera en su esposa, y Teseo aceptó. La ayuda de Ariadna consistió en dar a Teseo un ovillo de hilo que éste ató por uno de los extremos a la puerta del laberinto. Así Teseo entró en el laberinto hasta encontrarse con el Minotauro, al que dio muerte tras una intensa batalla. A continuación recogió el hilo y así pudo salir del laberinto e inmediatamente, acompañado por el resto de atenienses y por Ariadna, embarcó de vuelta a Atenas, tras hundir los barcos cretenses para impedir una posible persecución.

Durante el viaje de vuelta Teseo decidió desembarcar en la isla de Naxos por culpa de una fuerte tormenta. Al día siguiente, Teseo reunió a sus hombres y les ordenó hacerse inmediatamente a la mar, abandonando a Ariadna, que estaba dormida, en Naxos. Al despertar, Ariadna vio que el barco de su amado estaba lejos en el horizonte y se sintió traicionada y utilizada, por lo que lo maldijo. Esto hizo que una tormenta azotara las aguas en su camino de regreso a Atenas, donde su padre, el rey Egeo, le esperaba ansioso.
Antes de partir, su padre advirtió a Teseo que si volvía con vida no cambiara las velas blancas por las negras, así sabría que él seguía con vida. Pero por culpa de la tormenta, las velas blancas quedaron inservibles y Teseo tuvo que cambiarlas por las negras. Al divisar la galera desde el puerto de El Pireo en Atenas, el rey Egeo vio las velas negras puesto que Teseo había olvidado cambiarlas por velas blancas y, creyendo que su hijo había muerto, se suicidó lanzándose al mar, que a partir de entonces recibió el nombre de mar Egeo. Cuando Teseo desembarcó, recogió el cadáver de su padre en la playa y comprendió cuan descuidado había sido, produciéndose así un final trágico para el héroe.
Sin embargo, el mito dice que Ariadna fue redescubierta poco tiempo después por Dioniso, el dios del vino y los excesos, quien se casó con ella, dando así un final feliz para Ariadna.















Ariadna de John Vanderlyn



L'Arianna fue la segunda ópera de Claudio Monteverdi (Cremona, actual Italia, 1567-Venecia, 1643).La figura que mejor ejemplifica la transición en el ámbito de la música entre la estética renacentista y la nueva expresividad barroca. Es una de las óperas barrocas que más influyeron en la obra lírica posterior. Fue estrenada en Mantua en 1608 y su libreto de Rinuccini se basaba en esta leyenda.
La partitura se perdió a excepción del aria Lamento d'Arianna, conocida también por las primeras palabras de su texto «Lasciatemi morire».





Carta de Ariadna a Teseo

Mi estimado Teseo.

Soy Ariadna.

Aquella muchacha hija del rey de Creta, no sé si recuerdas, esa que te salvó de ser devorado por el minotauro y, a tu pueblo de pagar el tributo en donceles y doncellas. Aquella del talle fino y las piernas largas, la de las trenzas castañas que gustabas enredar entre tus dedos.
Esa que abandonaste a su suerte en las playas de Naxos, aprovechando que dormía para huir con sigilo.
Te escribo, Teseo, porque es de amigos la gratitud y, en todos estos años, no pude expresarte mi reconocimiento a tu abandono. Pero ahora, ante tanto comentario funesto sobre ti, ante ese estallido de risas en las tabernas llamándote antihéroe, me di cuenta de los años transcurridos.
Sé que estarás viejo rey de Atenas, que tus espaldas se curvarán, tu piel colgará flácida, tu cabello -si lo conservas- cano, tus deseos apagados y preparándote para cruzar las aguas del Estigia. Como comprenderás debía apresurarme.
Tantas calamidades se cuentan sobre ti… Dicen que no mataste al Minotauro. ¿Cómo es posible, si además del ovillo para que remontaras el laberinto, te di la espada mágica capaz de vencerlo.
Tanto me inquietan los rumores que consulté con las diosas, aunque podría haber encontrado las respuestas por mi misma.
Podría, porque desde el momento aquél en que me abandonaste, me volví inmortal. Si me vieras, me reconocerías en el acto, Teseo. Nada he cambiado, mi piel aún es una magnolia.
A propósito ¿Cómo se encuentra Fedra, mi querida hermanita, esa que te arrancó de mi lecho para llevarte al suyo? Me han dicho que lleva la cabeza cubierta por paños negros, que algo la avergüenza. Y que no es sólo el haber enamorado a tu hijo Hipólito, sino algo relacionado con su madre. ¿De verdad es obra suya la muerte de Hipólita?
Vaya destino el tuyo Teseo… ¡ Qué penoso! Cuánto lo siento. Pudo ser sereno y armonioso… pero me abandonaste en Naxos. Son las cosas de la Vida.
Hoy, bebiendo ambrosía de la copa de mi amado, me volvió el recuerdo de aquella mañana en que entró al puerto la embarcación de las velas negras, con su carga de atenienses reclamada para el sacrificio.
Te vimos bajar, Fedra y yo temblamos; sobresalías entre todos. Tan guapo con tus muslos firmes, la espalda ancha, los pectorales de bronce y esa cabeza que parecía ornada de virtudes.
¡Cómo engañan las apariencias, Teseo!
Una sirvienta nos dijo que eras el hijo del rey de Atenas, llorábamos por tí, se acercaba el día en que entrarías al laberinto. No abandonabas mis pensamientos, ni de los de Fedra. ¡Mosquita muerta! Con razón no quiso permanecer en Creta aunque para ella no habría habido castigo. Y yo que me creí esa historia de que no abandonaría a su hermana mayor. ¡Hipócrita!
Para salvarte, compré al carcelero con el oro que adornaba mis trenzas y entregándote el ovillo y la espada te enseñé como usarlos. En señal de gratitud tomaste mis manos.
- Tendrás que llevarme contigo, Teseo, porque la ayuda que te doy me condena a muerte. Los tuyos mataron a mi hermano, mi padre no perdonará esta traición.-
Juraste por los dioses, por el honor de tu padre y el resultado de tu empresa, que nunca me abandonarías.
Yo te creí, ¿Cómo no iba a hacerlo si tus ojos miraban a los míos y derramaban tiernas lágrimas? Después supe que el polen de las flores cretenses afectaba tu vista.
Me hiciste tuya en la noche de navegación. Te urgía conocerme, yo me entregué enamorada. Eran tan hermosos tus cabellos negros, tan apretado tu abrazo, tan resplandecientes tus palabras como azules los mares que atravesábamos.
Quedé rendida por los efectos del amor. Cuando nos detuvimos en Naxos, me recosté sobre la arena, apoyé la cabeza en mi brazo y me dormí profundamente.
Al despertar, tus naves estaban lejos, tan lejos que no oíste mis pedidos de auxilio.
Aún estaba en lo mejor de mi rabieta, cuando escuché una música deliciosa. Una procesión como jamás había visto avanzaba bulluciosa. Bellísimos jóvenes danzaban alrededor de un carro de oro, arrancando melodías maravillosas a los címbalos y las flautas. Las risas interrumpían la música y los danzantes hacían cabriolas.
Pero en el carro, ¡Ay… Teseo!, en ese carro viajaba el hombre más bello que ojos hayan visto. Y los suyos me descubrieron.
Descendió, se acercó a mí y, a pesar de mis párpados hinchados, de mi piel roja por la ira, acarició mi cabeza y exclamó que era más hermosa que Venus, pidió una copa de vino, y tendiéndomela me ofreció:
-Sé mi esposa, te volveré inmortal.-
No hay varón más perfecto que Dioniso. Amado como es por dioses y mortales nos rodea la alegría, la pasión y, los placeres.
Para evitarme la nostalgia, preparó un largísimo viaje por las ciudades de los hombres. Luego, ya instalados en la morada inmortal, nos dimos el uno al otro cuatro hijos, dignos de su cuna. Hemos sido tan felices, que en reconocimiento a nuestro amor, Dionisio, ha convertido la diadema que me obsequiara el día de nuestra boda en una constelación, para que siempre recuerde nuestra unión.
Es por esto Teseo, deseaba agradecerte, que aquél día me abandonaras en Naxos.

Tuya
Ariadna

Publicada en www.lacostillaincómoda.blogspot.com

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